jueves, 14 de marzo de 2019

AUTORAS DE LA GENERACIÓN DEL 50: Francisca Aguirre


Alicante, 1930.

Poeta y narradora española. Premio Nacional de poesía en 2011 y Premio Nacional de las Letras en 2018, entre otros premios y distinciones. Nacida en una familia de artistas, hija del pintor Lorenzo Aguirre, condenado a muerte por el régimen franquista y ejecutado en 1942, residió en los llamados “orfelinatos para hijos de presos políticos”. Empezó a trabajar a los 15 años como secretaria de empresa. La lectura fue para ella siempre un refugio. Leyó clandestinamente a autores como Machado o José Hierro y conoció a otros muchos como Gerardo Diego, Cortázar o Rulfo. Se casó con el también poeta Félix Grande en 1963 y tuvo una hija también dedicada a la Literatura, Guadalupe. Trabaja a partir de 1964 como correctora de estilo y de pruebas y posteriormente como colaboradora de Luis Rosales y Dámaso Alonso en la elaboración del diccionario enciclopédico de Selecciones del Reader's Digest. Posteriormente, hace labores de gestora cultural en el Instituto de Cultura Hispánica, después Instituto de Cooperación Internacional.
En 1972 publica su primer poemario, Ítaca, fruto de su descubrimiento del poeta Cavafis. En él reivindica la voz de las mujeres de la posguerra. Pretende contar la “odisea de Penélope” y con ella la de tantas mujeres “aventureras del infortunio” que siempre han estado ausentes de todas las narraciones. A este poemario le siguen más de diez colecciones de poemas y un par de libros en prosa, además de colaboraciones en revistas y prensa españolas.

Paisajes de papel 

Aquella infancia fue más triste. 
Ser niño en el cuarenta y dos parecía imposible. 
Nuestra niñez era una mezcla de comprensión y aburrimiento. 
Éramos serios y aburridos. 
Recuerdo aquellas tardes; eran como el mundo era entonces: 
sin resquicios y tristes. 
Veo a mis pocos años observar con ahínco, 
tras el cristal opaco, la calle larga y gris; 
el sol estaba lejos y era lo único barato, 
lo único que traía alegría sin exigirnos nada. 
Veo a mi niña, adulta y consecuente 
con un programa bien trazado: 
crecer, crecer muy pronto, darse prisa 
—ser niño era una carga demasiado pesada 
para nosotros y para los grandes—. 
Sólo en verano el mundo parecía asequible, 
durante tres o cuatro meses saltar, correr, era la vida. 
Lo gris volvía siempre muy pronto. 
Un día amanecimos lentas, crecidas, 
llenas de miedo, de presente. 
Buscábamos palabras en el diccionario 
con el afán de comprenderlo todo: 
necesitábamos hacer lenguaje. 
Algunos nos miraron con asombro, 
decían que éramos inteligentes. 
Nosotras, durante los dolientes domingos 
dibujábamos inseguros paisajes. 
Durante mucho tiempo ésas fueron todas mis excursiones. 
Salir a un campo que no fuera pintado 
suponía gastar unos zapatos. 
Salir, salir, ése era el sueño, 
abolir a las trenzas, inaugurar la barra de labios: 
¡mi reino por un trabajo! 
¿Cómo rendir ahora un homenaje a aquellos días? 
                                                                                   Ítaca, 1971

lunes, 11 de marzo de 2019

LA PUERTA DE LA POESÍA: "La loca más cuerda", de Raquel Lanseros.

LA LOCA MÁS CUERDA



¿Quién es el ser humano más libre de la Tierra?
¿Quién es capaz de nacer más de una vez?
¿Quién habla con los árboles? ¿Quién llueve?
¿Quién viaja hasta el umbral de otra galaxia?
¿Quién comparte las aguas con las ninfas?
¿Quién ambiciona un tiempo sin subordinación?
¿Quién traspasa un espejo? ¿Quién es el espejo?
¿Quién brinda con Ulises en el puerto de Ítaca?
¿Quién sobrevive ileso a una tormenta dentro del corazón?
¿Quién desposa al destino? ¿Quién corteja a la muerte?
¿Quién emprende una gesta aun a sabiendas de una derrota cierta?
¿Quién para con su mano los relámpagos de un dios?
¿Quién sueña con androides que soñaban con ovejas eléctricas?
¿Quién ha visto su alma? ¿Quién vence a los molinos?
¿Quién tiene largos trenes recorriendo la estepa de sus venas?


¿Con quién es comparable la belleza del fuego?
¿A quién le pertenece lo que no es de nadie?
¿Por quién siguen doblando las campanas?


¿Quién puede competir con la imaginación?

Raquel Lanseros, Matria

AUTORAS DE LA GENERACIÓN DEL 50: GLORIA FUERTES

Gloria Fuertes (Madrid, 28 de julio de 1917 - Madrid, 27 de noviembre de 1998)

Escritora española de narrativa, poesía y teatro. De familia humilde y obrera. Se matriculó con 14 años en el Instituto de Educación Profesional de la Mujer, diplomándose en diferentes áreas como taquigrafía, puericultura y Literatura. Posteriormente estudió biblioteconomía e inglés en el Instituto Internacional, llegando a ser docente en la Universidad Estadounidense de Bucknell.
En 1972 recibe la beca de la Fundación Juan March de Literatura Infantil, lo que le permite dedicarse enteramente a la literatura.
Entre los premios recibidos, destacan el Premio Valle-Inclán a su primera obra de teatro en verso Prometeo (1952) y el Premio Internacional de Literatura Infantil Hans Christian Andersen de Literatura Infantil por Cangura para todo que la sitúa entre los grandes autores universales de literatura infantil. Asimismo, colabora en diversos programas de literatura infantil de TVE, los más populares Un globo, dos globos, tres globos y La cometa blanca que, junto a numerosas composiciones de letras de canciones infantiles, la convierten definitivamente en la poeta de los niños. Escribe para las revistas La codorniz y Discóbolo y sigue publicando títulos para lectores adultos. Su fama como poeta para niños ha invisibilizado el resto de su producción, una obra a la altura de muchos otros compañeros y compañeras de generación.
El conjunto de la obra de Gloria Fuertes se caracteriza por la ironía con la que trata temas tan universales como el amor, la soledad, el dolor o la muerte. Despuntan las metáforas, los juegos lingüísticos y el carácter fresco y sencillo que dotan a sus poemas de una gran musicalidad y cadencia cercana al lenguaje oral. Su acento lírico es uno de los más personales, auténticos y distintivos entre los poetas contemporáneos.

https://www.cervantes.es/bibliotecas_documentacion_espanol/creadores/fuertes_gloria.htm



Ya ves qué tontería

Ya ves qué tontería, 
me gusta escribir tu nombre, 
llenar papeles con tu nombre, 
llenar el aire con tu nombre; 
decir a los niños tu nombre, 
escribir a mi padre muerto 
y contarle que te llamas así. 
Me creo que siempre que lo digo me oyes. 
Me creo que da buena suerte. 
Voy por las calles tan contenta 
y no llevo encima más que tu nombre. 

sábado, 9 de marzo de 2019

AUTORAS DE LA GENERACIÓN DEL 50: Ana María Matute


Escritora española, Ana María Matute es una de las autoras españolas más relevantes de la literatura contemporánea, galardonada con los premios más importantes del panorama literario como el Cervantes, el Nacional de las Letras, el Planeta o el Nadal.

Académica de la RAE, Matute destacó en dos apartados. Por un lado tenemos su narrativa en la que trata la posguerra española con un estilo muy personal con el que logra acercarnos a la realidad política y social de la época, aunque sin renunciar nunca a los recursos propios de la literatura maravillosa. A este periodo corresponde la trilogía de Los Mercaderes o Pequeño Teatro, escrito con 17 años y con el que ganaría, años después, el Premio Planeta.

Por otro, hay que hacer hincapié en su labor dentro de la literatura infantil y juvenil y la literatura fantástica o maravillosa, campo en el que desarrolló alguna de sus mejores obras, como El polizón de Ulises, Olvidado Rey Gudú o Aranmanoth, siendo reconocida con el Premio Lazarillo  o el Nacional de Literatura Infantil y Juvenil.
Matute comenzó su carrera literaria muy joven, llegando a ser finalista del Nadal con sólo 24 años. Su producción ha sido irregular en el tiempo con grandes paréntesis de inactividad. No fue especialmente prolífica, pero su obra se alargó por más de cincuenta años tanto en novela como en relato, donde también brilló especialmente.

Traducida a más de 23 idiomas, Ana María Matute fue una de las escritoras en español más internacional y resultó ser una conferenciante habitual en universidades e instituciones educativas, tanto en Europa como en América Latina y Estados Unidos.



Pecado de omisión

Ana María Matute




A los trece años se le murió la madre, que era lo último que le quedaba. Al quedar huérfano ya hacía lo menos tres años que no acudía a la escuela, pues tenía que buscarse el jornal de un lado para otro. Su único pariente era un primo de su madre, llamado Emeterio Ruiz Heredia. Emeterio era el alcalde y tenía una casa de dos pisos asomada a la plaza del pueblo, redonda y rojiza bajo el sol de agosto. Emeterio tenía doscientas cabezas de ganado paciendo por las laderas de Sagrado, y una hija moza, bordeando los veinte, morena, robusta, riente y algo necia. Su mujer, flaca y dura como un chopo, no era de buena lengua y sabía mandar. Emeterio Ruiz no se llevaba bien con aquel primo lejano, y a su viuda, por cumplir, la ayudó buscándole jornales extraordinarios. Luego, al chico, aunque le recogió una vez huérfano, sin herencia ni oficio, no le miró a derechas, y como él los de su casa.

La primera noche que Lope durmió en casa de Emeterio, lo hizo debajo del granero. Se le dio cena y un vaso de vino. Al otro día, mientras Emeterio se metía la camisa dentro del pantalón, apenas apuntando el sol en el canto de los gallos, le llamó por el hueco de la escalera, espantando a las gallinas que dormían entre los huecos:

-¡Lope!

Lope bajó descalzo, con los ojos pegados de legañas. Estaba poco crecido para sus trece años y tenía la cabeza grande, rapada.

-Te vas de pastor a Sagrado.

Lope buscó las botas y se las calzó. En la cocina, Francisca, la hija, había calentado patatas con pimentón. Lope las engulló deprisa, con la cuchara de aluminio goteando a cada bocado.

-Tú ya conoces el oficio. Creo que anduviste una primavera por las lomas de Santa Áurea, con las cabras de Aurelio Bernal.

-Sí, señor.

-No irás solo. Por allí anda Roque el Mediano. Iréis juntos.

-Sí, señor.

Francisca le metió una hogaza en el zurrón, un cuartillo de aluminio, sebo de cabra y cecina.

-Andando -dijo Emeterio Ruiz Heredia.

Lope le miró. Lope tenía los ojos negros y redondos, brillantes.

-¿Qué miras? ¡Arreando!

Lope salió, zurrón al hombro. Antes, recogió el cayado, grueso y brillante por el uso, que guardaba, como un perro,apoyado en la pared.

Cuando iba ya trepando por la loma de Sagrado, lo vio don Lorenzo, el maestro. A la tarde, en la taberna, don Lorenzo fumó un cigarrillo junto a Emeterio, que fue a echarse una copa de anís.

-He visto a Lope -dijo-. Subía para Sagrado. Lástima de chico.

-Sí -dijo Emeterio, limpiándose los labios con el dorso de la mano-. Va de pastor. Ya sabe: hay que ganarse el currusco. La vida está mala. El «esgraciado» del Pericote no le dejó ni una tapia en que apoyarse y reventar.

-Lo malo -dijo don Lorenzo, rascándose la oreja con su uña larga y amarillenta- es que el chico vale. Si tuviera medios podría sacarse partido de él. Es listo. Muy listo. En la escuela…

Emeterio le cortó, con la mano frente a los ojos:

-¡Bueno, bueno! Yo no digo que no. Pero hay que ganarse el currusco. La vida está peor cada día que pasa.

Pidió otra de anís. El maestro dijo que sí, con la cabeza. Lope llegó a Sagrado, y voceando encontró a Roque el Mediano. Roque era algo retrasado y hacía unos quince años que pastoreaba para Emeterio. Tendría cerca de cincuenta años y no hablaba casi nunca. Durmieron en el mismo chozo de barro, bajo los robles, aprovechando el abrazo de las raíces. En el chozo sólo cabían echados y tenía que entrar a gatas, medio arrastrándose. Pero se estaba fresco en el verano y bastante abrigado en el invierno.

El verano pasó. Luego el otoño y el invierno. Los pastores no bajaban al pueblo, excepto el día de la fiesta. Cada quince días un zagal les subía la «collera»: pan, cecina, sebo, ajos. A veces, una bota de vino. Las cumbres de Sagrado eran hermosas, de un azul profundo, terrible, ciego. El sol, alto y redondo, como una pupila impertérrita, reinaba allí. En la neblina del amanecer, cuando aún no se oía el zumbar de las moscas ni crujido alguno, Lope solía despertar, con la techumbre de barro encima de los ojos. Se quedaba quieto un rato, sintiendo en el costado el cuerpo de Roque el Mediano, como un bulto alentante. Luego, arrastrándose, salía para el cerradero. En el cielo, cruzados, como estrellas fugitivas, los gritos se perdían, inútiles y grandes. Sabía Dios hacia qué parte caerían. Como las piedras. Como los años. Un año, dos, cinco.

Cinco años más tarde, una vez, Emeterio le mandó llamar, por el zagal. Hizo reconocer a Lope por el médico, y vio que estaba sano y fuerte, crecido como un árbol.

-¡Vaya roble! -dijo el médico, que era nuevo. Lope enrojeció y no supo qué contestar.

Francisca se había casado y tenía tres hijos pequeños, que jugaban en el portal de la plaza. Un perro se le acercó, con la lengua colgando. Tal vez le recordaba. Entonces vio a Manuel Enríquez, el compañero de la escuela que siempre le iba a la zaga. Manuel vestía un traje gris y llevaba corbata. Pasó a su lado y les saludó con la mano.

Francisca comentó:

-Buena carrera, ése. Su padre lo mandó estudiar y ya va para abogado.

Al llegar a la fuente volvió a encontrarlo. De pronto, quiso llamarle. Pero se le quedó el grito detenido, como una bola, en la garganta.

-¡Eh! -dijo solamente. O algo parecido.

Manuel se volvió a mirarle, y le conoció. Parecía mentira: le conoció. Sonreía.

-¡Lope! ¡Hombre, Lope…!

¿Quién podía entender lo que decía? ¡Qué acento tan extraño tienen los hombres, qué raras palabras salen por los oscuros agujeros de sus bocas! Una sangre espesa iba llenándole las venas, mientras oía a Manuel Enríquez.

Manuel abrió una cajita plana, de color de plata, con los cigarrillos más blancos, más perfectos que vio en su vida. Manuel se la tendió, sonriendo.

Lope avanzó su mano. Entonces se dio cuenta de que era áspera, gruesa. Como un trozo de cecina. Los dedos no tenían flexibilidad, no hacían el juego. Qué rara mano la de aquel otro: una mano fina, con dedos como gusanos grandes, ágiles, blancos, flexibles. Qué mano aquélla, de color de cera, con las uñas brillantes, pulidas. Qué mano extraña: ni las mujeres la tenían igual. La mano de Lope rebuscó, torpe. Al fin, cogió el cigarrillo, blanco y frágil, extraño, en sus dedos amazacotados: inútil, absurdo, en sus dedos. La sangre de Lope se le detuvo entre las cejas. Tenían una bola de sangre agolpada, quieta, fermentando entre las cejas. Aplastó el cigarrillo con los dedos y se dio media vuelta. No podía detenerse, ni ante la sorpresa de Manuelito, que seguía llamándole:

-¡Lope! ¡Lope!

Emeterio estaba sentado en el porche, en mangas de camisa, mirando a sus nietos. Sonreía viendo a su nieto mayor, y descansando de la labor, con la bota de vino al alcance de la mano. Lope fue directo a Emeterio y vio sus ojos interrogantes y grises.

-Anda, muchacho, vuelve a Sagrado, que ya es hora…

En la plaza había una piedra cuadrada, rojiza. Una de esas piedras grandes como melones que los muchachos transportan desde alguna pared derruida. Lentamente, Lope la cogió entre sus manos. Emeterio le miraba, reposado, con una leve curiosidad. Tenía la mano derecha metida entre la faja y el estómago. Ni siquiera le dio tiempo de sacarla: el golpe sordo, el salpicar de su propia sangre en el pecho, la muerte y la sorpresa, como dos hermanas, subieron hasta él así, sin más.

Cuando se lo llevaron esposado, Lope lloraba. Y cuando las mujeres, aullando como lobas, le querían pegar e iban tras él con los mantos alzados sobre las cabezas, en señal de indignación, «Dios mío, él, que le había recogido. Dios mío, él, que le hizo hombre. Dios mío, se habría muerto de hambre si él no lo recoge…», Lope solo lloraba y decía:

-Sí, sí, sí…

FIN


jueves, 7 de marzo de 2019

ESCRITORAS DE LA GENERACIÓN DEL 50


Ya podemos disfrutar en la entrada de nuestro instituto de la exposición Escritoras de la Generación del 50. Hemos hecho una selección de autoras con sus fotografías y algún fragmento de su obra. En el blog podéis ir siguiendo las publicaciones donde damos más información sobre estas y otras creadoras de la misma generación. Este es el texto que abre la muestra:

Escritoras de la Generación del 50
Esta exposición pretende reunir una muestra de escritoras españolas de la llamada Generación del 50. A poco que se rastree por Internet o se busque en antologías o en hemerotecas, nos damos cuenta de que son muchos los nombres de mujeres que pertenecen a esta generación, aunque poco sepamos de sus vidas o de sus obras. Creadoras que nacieron en los años 20 y que empezaron a publicar sus primeras obras a mitad de siglo. Autoras conocidas, como a sus compañeros de generación, como los “Niños/as de la guerra” o los “Niños/as asombrados”, ya que todos ellos estarán marcados por ese ingreso brutal en el mundo adulto que supuso para ellos la Guerra Civil. Los creadores y creadoras de este grupo fueron niños y niñas arrancados del paraíso prematuramente, brutalmente.
Al margen de la visibilidad de cada una de ellas en las fotografías oficiales, en congresos, trabajos académicos o libros de texto, y de la voz propia que cada una tiene, son todas artistas que crecieron en la posguerra y cuya obra deja testimonio de ese tiempo de horror y silencio que les tocó vivir.

También podéis encontrar la selección que hemos hecho en uno de nuestros tableros de Pinterest.
Esperamos que disfrutéis en clase de los textos que os ofrezcan vuestros profesores y profesoras sobre estas autoras y de las exposiciones orales que algunos alumnos y alumnas están preparando sobre el tema.


Plan de Igualdad y
Biblioteca IES Ilíberis


lunes, 4 de marzo de 2019

AUTORAS DE LA GENERACIÓN DEL 50: Angelina Gatell

Angelina Gatell (Barcelona, 1926- Madrid, 2017)
Poeta de la Generación del 50, traductora y actriz de doblaje. Nacida en Barcelona, en una familia trabajadora. Su infancia estuvo marcada por la Guerra Civil y la posguerra. Su familia se trasladó al Vallés, desde donde veía la huida de los que buscaban la frontera camino del exilio, y después a Valencia, donde colaboró con el Socorro Rojo Internaciónal. Tuvo que dejar de estudiar al quedar su padre inválido. Fue en Valencia donde entró en contacto con grupos culturales y con artistas como José Hierro y otros que publicaban entonces en la revista Corcel.
Trabajó como actriz de teatro con Amparo Reyes y fundó en 1952, con el que sería su marido, Eduardo Sánchez Lázaro, un teatro de cámara llamado El Paraíso. Tuvo tres hijos.
En 1954 obtuvo el Premio Valencia por Poema del soldado. La concesión del premio fue polémica ya que algunos miembros del jurado se pusieron las manos en la cabeza al comprobar que por tercera vez había ganado el premio una mujer. Josefina Salvador, miembro del jurado, amenazó con denunciar el cambio una vez abierta la plica.
Tras su traslado a Madrid, en 1958, Angelina empezó a formar parte de los grupos y tertulias literarias de la capital. Allí entabló amistad y visitó a Gerardo Diego, Vicente Aleixandre, Carmen Conde... y tantos otros que vivían en aquellos años en la ciudad. Escribió críticas literarias para distintas revistas como Poesía Española o Cuadernos Hispanoamericanos. Trabajó para televisión (hizo de actriz, guionista y dobladora), pero su carrera en este medio se vio truncada por haber firmado una carta con otros intelectuales en contra de Manuel Fraga y la represión de los mineros asturianos. Se le pidió que se retractara pero no lo hizo. A partir de ahí, el programa para el que había escrito un guión sobre la biografía de Marie Curie suspendió su emisión y más tarde se emitió con el nombre de otro guionista. Ella consiguió cobrar sus derechos, pero fue despedida.
Siguió trabajando como actriz, directora y guionista para otros estudios. En el doblaje de Heidi, fue ella la que bautizó como Niebla al perro en homenaje al de Rafael Alberti y Mª Teresa León. Siempre mantuvo su compromiso político y sufrió la censura de algunos de sus trabajos. Estuvo bastantes años sin publicar poesía, aunque sí hizo de antóloga en libros como Poesía femenina española 1950-1960, publicada en 1971, o en 2006, Mujer que soy. La voz femenina en la poesía social y testimonial de los 50, publicada en Bartleby.
En los últimos años destaca la publicación de su libro La voz perdida, prologado por Joan Margarit, en Visor.

Fosas

No dejéis que el silencio, como fría argamasa,
apague la memoria de aquellos que quedaron
hundidos en la tierra, en la linde del alba.
No dejéis que sus huesos, pulidos por el barro
permanezcan secretos. Izadlos como antorchas,
coronad con sus llamas el fuego que tuvimos
cuando todo era espanto, cuando todo era sombra.
Ellos fueron su amparo, su razón, su sentido.
Recobradlos. Traedlos hasta nuestro presente.
Dad al aire sus nombres como ramas crecidas
en la entraña secreta. Recordad que nos dieron
claridad y conciencia. No dejéis que la muerte
señoree el olvido ni su luz aterida
pues de ella crecimos. Somos sólo su efecto.
Angelina Gatell, Noticia del tiempo (Cien sonetos de ayer y de hoy), Ed. Bartleby – Colección Poesía, 2004.

AUTORAS DE LA GENERACIÓN DEL 50: CARMEN MARTÍN GAITE


CARMEN MARTÍN GAITE

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BIOGRAFÍA
Carmen Martín Gaite  nació el 8 de diciembre de 1925 en Salamanca. No fue a la escuela por decisión de sus padres que decidieron educarla en casa. Poco antes de la guerra su hermana fue a estudiar al Instituto Escuela de Madrid, pero Carmen tuvo que quedarse a causa de la guerra en Salamanca. Su tío materno fue fusilado durante la guerra. Carmen finalmente cursó bachillerato en el Instituto femenino de y posteriormente Filología Románica en la Universidad de Salamanca. En la universidad colaboró en la revista “Trabajos y días”, donde aparecieron sus primeros poemas, e hizo teatro universitario.
Su primera salida al extranjero fue en 1946. Partió con una beca a la Universidad de Coimbra y también visitó Oporto y Lisboa.
En 1950 se trasladó a vivir a Madrid, donde se doctoró. Se casó  con el escritor Rafael Sánchez Ferlosio en 1954, con quien tuvo su primer hijo, Miguel, que murió de meningitis en mayo del año siguiente y otra hija, Marta, nacida en 1956 y que murió en 1984.
En 1955 obtuvo el premio Café Gijón por su novela
El balneario pero sería tres  años más tarde cuando la concesión del Premio Nadal por Entre visillos la consolidó como una de las escritoras más importantes de su generación.
En 1979 viaja por primera vez a Nueva York. A Estados Unidos volvería en viajes sucesivos para dar conferencias e impartir clases.
Escribió novelas, cuentos, poesía y teatro. Su faceta periodística se caracteriza por su etapa de redactora en los comienzos de Diario 16.
Cultivó también la crítica literaria y la traducción, colaboró, asimismo, en los guiones de series para Televisión Española
Santa Teresa de Jesús (1982) y Celia (1989), serie infantil basada en los famosos cuentos de la escritora madrileña Elena Fortún (1886-1952). Durante diez años abandonó la creación literaria y dedicó su labor de escritura a textos de corte histórico (Usos amorosos durante el siglo XVIII).
Publicó dos enormes éxitos de crítica y público,
Lo raro es vivir en 1997 e Irse de casa en 1998.
En 2000 se le diagnosticó el cáncer que acabó con su vida el 23 de julio.


UNA PEQUEÑA MUESTRA DE SU OBRA:


Con los maquis arriba en el cerro. Un cuento dentro de una novela Retahílas de Carmen Martín Gaite (*)
Me acuerdo que en la guerra fui con ella a escondidas, varias tardes, a llevarles comida a unos rojos del pueblo que andaban escondidos por política, los maquis los llamaban, y yo no lo entendía porque eran el Basilio y el Gaspar, amigos de la infancia de mi madre; se los encontró un día ella por lo intrincado estando de paseo, ya cerca de las ruinas, salieron de repente, se hincaron de rodillas: “Ay, Teresa, por Dios, no digas a nadie de que estamos aquí, pero sube otro día y tráenos de comer, nos morimos de hambre”. Y a nadie se lo dijo, sólo a mí, ni la familia de ellos, ni nadie lo sabía en qué lugar paraban, pero a mí me lo dijo, me dijo “es un secreto” y sabía seguro que yo se lo guardaba.
“A la niña la traigo para no venir sola, pero ella es como yo”, les explicó la primera tarde que fuimos, y a mí me había advertido por el monte arriba que tenían barba de mucho tiempo y la ropa rota y que por eso les llevábamos las mudas además de comida, que vivían en el hueco de una peña con bichos y que casi no los iba a conocer, que no tuviera miedo, pero sí, miedo iba a tener yo, una novela es lo que me parecía tener aquel secreto a medias con mamá y escaparnos las dos al monte en plena tarde y coger cosas de la despensa a espaldas de la abuela; llegábamos arriba con nuestros paquetes, merendábamos con los hombres aquellos del monte, nos  preguntaban un poco por mi padre y el tuyo que estaban en Barcelona, o creíamos eso por lo menos: ¿Sabes algo del marido y del niño?, y no, no sabíamos nada, pero me parece que lo preguntaban un poco por cumplir, que mi padre aquí en este pueblo nunca fue simpático a nadie, le llamaban el profesor; suspiraban: “Es que esto es una catástrofe, Teresa, una catástrofe”, y ella les daba noticia que yo no entendía de la marcha de la guerra, incluso alguna vez les subió periódicos, y cuando nos íbamos, nos besaban mucho y solían llorar; ni siquiera en el cine había visto llorar yo a hombres así con barba, tan hechos y derechos y soñaba con ellos, inventaba oraciones en la cama para que se salvaran, uno no se salvó, le pillaron de noche aquel invierno unos guardias civiles, merodeando el pueblo y se murió del tiro, ahí bajando a la fuente; Gaspar escapó a Francia me parece, y pasada la guerra su mujer nos mandaba aguardiente de yerbas por la Virgen de Agosto; la primera borrachera que me cogí en la vida fue con ese aguardiente la noche de Santiago, en una fiesta que hubo aquí en casa, fue también la primera vez que me besó un chico, el Genín, un sobrino del maestro, abajo en el parque, luego me daba siempre mucha vergüenza verle y el sabor del aguardiente de yerbas lo aborrecí para toda la vida.

TEXTO INCLUIDO EN Retahílas, de Carmen Martín Gaite. Ediciones Destino. Colección Destinolibro. Volumen 62. Páginas 25 y 26. Barcelona 1981